Nunca supe a qué se dedicó, cómo fue su vida ni de dónde llegó. Cuando apareció en el departamento del piso de abajo casi nada cambió, sólo el silencio de las mañanas, que no tuvo más que escabullirse.
A partir de las siete, la voz de Pedro Infante salía de lo que siempre imaginé –lugar tan común– una vieja grabadora, para trepar un nivel y colarse por las ventanas y debajo de la puerta. Desde esa hora me sacudía los recuerdos. Sigue leyendo


