Nunca supe a qué se dedicó, cómo fue su vida ni de dónde llegó. Cuando apareció en el departamento del piso de abajo casi nada cambió, sólo el silencio de las mañanas, que no tuvo más que escabullirse.
A partir de las siete, la voz de Pedro Infante salía de lo que siempre imaginé –lugar tan común– una vieja grabadora, para trepar un nivel y colarse por las ventanas y debajo de la puerta. Desde esa hora me sacudía los recuerdos.
La música del vecino me hacía volver atrás, cuando el anticuado estéreo de mi padre sintonizaba “la hora de Pedro Infante”, trempranito, para que el día rindiera, decía. De eso me acordaba y las imágenes arrastradas acarreaban buen humor. Con la llegada del vecino me acostumbré de nuevo a oír esas canciones.
También me acostumbré a sentir la presencia de alguien en un departamento que estuvo vacío por mucho tiempo.
Las primeras veces que nos encontramos en las escaleras, el vecino me miró con desconfianza. Nada dijo, sólo el paso me dio. A mis saludos respondía con un murmullo, un chasquido o un carraspeo. Pero al final cedió. Cuando su caminar se aletargó aún más, llegó hasta a sonreirme. Ya luego si me veía salir apresurado, me motivaba a correr, “vámonos”, le contestaba yo. Él ya nada decía.
La última vez que nos enfrascamos en nuestro breve diálogo fue hace dos días. No sabré qué pensaba mientras buscaba que el sol lo calentara un poco. Con su mano me dijo de lejos adiós.
Hoy alguien le había echado encima toda la ocuridad del pasillo al pabilo de una veladora frente a la puerta de su departamento. Dicen que fue algo en el estómago. Un tumor se llevó las historias que no conocí.
Ya se instaló de nuevo el silencio allá abajo, mañana a las siete nada se oirá.
me gusta, quisiera saber si eres quien pienso o hay dos con este nombre nada comun?
Así es la vida: silencio, sonidos, juventud, vejez; llena de dicotomías y bellos, muy bellos puntos de unión, a pesar de los años a pesar de las canas…